
Bajo un manto de ilusiones se haya el primitivo sentimiento que nunca antes había conocido.
Solía sentarse bajo el alero de un avellano a ver cómo atardecía desde ese bello acantilado, las horas pasaban tan fugazmente y a él solía no importarle.
Día tras día y noche tras noche, estructuraba su vano pasar en este mundo para no sentirse absurdo; pero su vida carecía de sentido y pasión.
Luego de concluída una jornada laboral, de encender el televisor y saturarse de un mercado lleno de estímulos comerciales, decidió no volver a ese avellano a contemplar el pasar de las horas... no sabía que una de sus últimas oportunidades se le había escurrido tras los dedos.
Semanas y semanas pensando en distintos planes para no caer en la rutina, desde un helado hasta horas extras en la oficina; pero nada le hacía encontrar un sentido a su existencia. Aún así el suicidio no se hayaba como posibilidad: deseaba vivir, pero vivir de verdad. Y es que lo único que le daba un verdadero sentido a su vida era el rutinario atardecer, tan diferente uno de otro y tan llenos de significado para él.
El cansancio y el agotamiento propios de la ciudad lo llevaron de vuelta a su pasado, lo llevaron de vuelta al avellano que por tantos años albergó amarguras y llantos, triunfos y satisfacciones. Pero antes de siquiera estacionar, su ser se estremeció ante aquella postal: muñeca como ninguna otra veía concluídos sus días en el avellano de sueños.
Sin pensarlo dos veces bajó a auxiliar a aquella preciosa criatura por la cual no se podía hacer más nada. Fue en ese instante que supo cual hubiera sido su destino si no se hubiese dejado llevar; su vida estaba escrita, no se debió del avellano alejar.
Y es que ella a los pocos días de su partida del lugar, llegó a adopatar la misma costumbre de ver el atardecer.
Necesitaba compañía, alguien que entendiese su dolor, pero nadie llegaba, sólo se econtraba en otro atardecer sólo con el avellano. Aumentaba con el pasar de los días, su penuria en el pasar de la vida, necesitaba el apoyo de un alma no agónica. Y un día bajo el atardecer, decidió que el siguiente sería su día de partida, pero decidió aprontar, por miedo a la cobardía.
Sólo quince minutos antes, la separaron de la muerte y la vida... sólo quince minutos antes, él su auto encendía.
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